La primera caída: tal vez una mala suerte al no calcular bien el borde de la acera. Él mismo pensó que era solo eso. Aunque cuando volvió a casa tuvo que aceptar que no sabía el tiempo que había pasado tendido en el suelo. Solía caminar todos los días para obligarse a recordar el peso de su cuerpo. Vivía solo. El resto del mundo parecía haber desaparecido.
A veces, cuando todavía llegaban sus cartas, describía uno de esos paseos. Había párrafos largos que contenían preciosas descripciones de aquello que lo hacía detenerse. En una de ellas, con un detalle como el de algunos de sus autores preferidos, describe el viento sobre los árboles que apenas pueden crecer por el viento helado, también sobre una especie de arbusto que suele crecer en esos terrenos que preceden a la taiga. Aquellos papeles llegaban arrugados y casi viejos, pero traían aún el viento que procedía del Ártico.
Unos días más tarde, al salir de la casa le parecio sentir, como la primera vez, un ligero rumor en el centro de la cabeza, algo sordo y profundo que le obligaba a girarse. Entonces perdió el equilibrio. Pasó casi una mañana hasta que una vecina, aún más mayor, lo encontró en el suelo. Lo único que recordaba era una luz cegadora mientras intentaba ponerse en pie del brazo de aquella anciana. Esa segunda vez alguien lo llevó al despacho del médico que viajaba hasta la localidad dos veces a la semana.
Después, todo ocurrió muy rápido. Pasaron muy pocos meses hasta que llegó el aviso del internamiento. En la distancia nada se sabía. Fue el primer viaje. Y fue una larga ruta. Casi dos días hasta que escribí su nombre en un papel para que la gente del internado pudiese decirme en que habitación estaba.
Empujé la puerta con suavidad, parecía dormir. Me acerqué un poco. Saqué el abrigo y permanecí de pie varios minutos. Hasta que todo mi cuerpo comenzó a aflojarse: poco a poco los músculos se destensaron, la espalda se inclinó, las piernas casi no aguantaban la columna, en algún momento parecía que no podía seguir en pie.
Me acerqué a la cama, a su cara, sin quererlo olí aquel cuerpo y me alegré de haber llegado hasta allí. Casi sin tocarlo, acaricié el pelo blanco, una mano que sobresalía de las sábanas, la propia sábana que lo tapaba hasta el cuello. No había más enfermos en la habitación, nadie nos molestaba. Y, de pronto, entreabrió los ojos.
Pasamos todo el día juntos. A cada minuto parecía mejorar. Y hacia el final de la tarde, en un rato en que se había hecho el silencio, me agarró la mano con fuerza y entendí que quería decirme algo:
Estoy aprendiendo a hacer una sola cosa a la vez. Y es un aprendizaje muy difícil. Me gustaría tener tiempo para contártelo.
Aquel no podía ser el único viaje.
15 de febrero de 2014
12 de febrero de 2014
Durante días
palabras
ver, sueños, uno, lugar, decir, agua, ocultar,
contigo, observar, cada uno, viajes, nada, olvido,
observatorio, falta, lugares, días, incierto, esos lugares,
invisible, viaje, incertidumbre, imágenes, invisibles, sueño, bosque,
viaje, nocturno, algo, duda, invierno, oculto, lo que, ir, no está, alrededor
durante unos días
escribí en papeles sueltos estas palabras
para ver si se podía construir una frase con los huecos que quedaban entre ellas
ver, sueños, uno, lugar, decir, agua, ocultar,
contigo, observar, cada uno, viajes, nada, olvido,
observatorio, falta, lugares, días, incierto, esos lugares,
invisible, viaje, incertidumbre, imágenes, invisibles, sueño, bosque,
viaje, nocturno, algo, duda, invierno, oculto, lo que, ir, no está, alrededor
durante unos días
escribí en papeles sueltos estas palabras
para ver si se podía construir una frase con los huecos que quedaban entre ellas
9 de febrero de 2014
Cuando no se es dueño de nada
Había un músico en la calle que tocaba el clarinete.
Vestía unos elegantes zapatos blancos, rarísimos, y tenía un pelo negro lustroso; tocaba desde el interior de un portal, a cubierto de la lluvia, y sobre las piedras mojadas de la calle la funda del instrumento contenía algunas monedas y se empapaba conforme avanzaba la pieza. No me parecía que tocase muy bien, pero en aquel momento y allí su presencia era más que suficiente.
Cuando ya nada se puede hacer es un error creer que no se puede hacer nada: se puede estar cerca, dice Pablo d'Ors. Porque la atención es transformadora. Amar es estar atento, dice Simone Weil.
Cuando llegué al café y abrí el periódico encontré un artículo de Gustavo Martín Garzo: La oración del jorobadito. Trata de la joroba que a todos parece afearnos y que, por momentos, uno intenta o disimular o hacer como si no existiese. Me impresionaron las ideas que hay en ese pequeño texto. Voy a copiar un fragmento:
Nuestro tiempo ha dado la espalda a ese mundo desfigurado y ha dejado de pedir al jorobadito que lo visite. En su ausencia, se crean Institutos de la Felicidad, se escriben manuales de autoayuda, se fundan seminarios de risoterapia y talleres de cómo educar a los bebés. El mundo se ha poblado de psicólogos, expertos en técnicas de relajación y charlatanes que hablan sin descanso de la necesidad de ser positivos, de no dejarse llevar por la melancolía y de la inutilidad del sufrimiento. Según ellos, la cultura deber ser lo más parecido a una fiesta de cumpleaños infantil, un espacio de diversión y juegos interminables. Pero "divertirse", escribe Adorno, "significa siempre que no hay que pensar, que hay que olvidar el dolor, incluso allí donde se muestra. La impotencia está en su base. Es, en verdad, huida, pero no, como se afirma, huida de la mala realidad, sino del último pensamiento de resistencia que esa realidad haya podido dejar aún".
Hace unos días ví la película El Cambio, basada en las creencias (no se calificarlas de otra forma) de Wayne W. Dyer. Y en ella, curiosamente, se hace un emparejamiento con el trabajo de Byron Katie, de quien había presenciado unas sesiones de trabajo terapeútico. Dos personalidades americanas embarcadas en la búsqueda de la no joroba, pensé. Y volví a sentir que estaba en presencia de una de tantas posibilidades de atajos para llegar a ese estado que nombra Emily Dickinson (y cita también Martín Garzo):
Perdemos al ganar.
Y, al saberlo, tiramos
nuestros dados de nuevo
(Nada que ver con la vida a cubierto, con la incertidumbre reducida a la hora en que alguien invisible deposita los ruidos que nos harán más confortables la tarde, la mañana, algunas noches).
Pero, aún con todo, no acababa de saber porqué me parecían atajos lo que tanta gente considera una autopista hacia el bienestar e incluso hacia la atención y la escucha. Y entonces, sin pretenderlo, encontré parte de la respuesta en la introducción del libro recién publicado de Stephen Grosz: La mujer que no quería amar (extraña traducción del original The Examined Life). Allí, la cital inicial es de André Dubus II y dice:
Recibimos y perdemos, y debemos tratar de alcanzar la gratitud; y con esa gratitud, abrazar con todo el corazón lo que quede de la vida después de las pérdidas.
La diferencia con el atajo estaba ahí: en la pérdida. En lo que queda de la vida después de las pérdidas, porque la pérdida va asociada al cambio, a la transformación, al interior mismo del hecho de estar vivo. "Quiero cambiar, pero no si eso supone un cambio", me dijo una vez un paciente con toda la inocencia, escribe Grosz.
Así que cuando terminé el café y el artículo de Martín Garzo me pareció sentir que mis manos, sin yo darles la orden, agitaban los dados para tirarlos de nuevo. Ese era el hecho importante, el que convertía el mundo en un lugar algo más abierto donde lo que queda tras las pérdidas podía irradiar una suave luz.
Volví a la calle, la lluvia continuaba, el músico también. Y justo en ese momento, cuando pasé a su altura con las monedas en la mano, recogió la funda del clarinete con lo que había dentro, escurrió el agua de su interior y nos miramos a los ojos.
Vestía unos elegantes zapatos blancos, rarísimos, y tenía un pelo negro lustroso; tocaba desde el interior de un portal, a cubierto de la lluvia, y sobre las piedras mojadas de la calle la funda del instrumento contenía algunas monedas y se empapaba conforme avanzaba la pieza. No me parecía que tocase muy bien, pero en aquel momento y allí su presencia era más que suficiente.
Cuando ya nada se puede hacer es un error creer que no se puede hacer nada: se puede estar cerca, dice Pablo d'Ors. Porque la atención es transformadora. Amar es estar atento, dice Simone Weil.
Cuando llegué al café y abrí el periódico encontré un artículo de Gustavo Martín Garzo: La oración del jorobadito. Trata de la joroba que a todos parece afearnos y que, por momentos, uno intenta o disimular o hacer como si no existiese. Me impresionaron las ideas que hay en ese pequeño texto. Voy a copiar un fragmento:
Nuestro tiempo ha dado la espalda a ese mundo desfigurado y ha dejado de pedir al jorobadito que lo visite. En su ausencia, se crean Institutos de la Felicidad, se escriben manuales de autoayuda, se fundan seminarios de risoterapia y talleres de cómo educar a los bebés. El mundo se ha poblado de psicólogos, expertos en técnicas de relajación y charlatanes que hablan sin descanso de la necesidad de ser positivos, de no dejarse llevar por la melancolía y de la inutilidad del sufrimiento. Según ellos, la cultura deber ser lo más parecido a una fiesta de cumpleaños infantil, un espacio de diversión y juegos interminables. Pero "divertirse", escribe Adorno, "significa siempre que no hay que pensar, que hay que olvidar el dolor, incluso allí donde se muestra. La impotencia está en su base. Es, en verdad, huida, pero no, como se afirma, huida de la mala realidad, sino del último pensamiento de resistencia que esa realidad haya podido dejar aún".
Hace unos días ví la película El Cambio, basada en las creencias (no se calificarlas de otra forma) de Wayne W. Dyer. Y en ella, curiosamente, se hace un emparejamiento con el trabajo de Byron Katie, de quien había presenciado unas sesiones de trabajo terapeútico. Dos personalidades americanas embarcadas en la búsqueda de la no joroba, pensé. Y volví a sentir que estaba en presencia de una de tantas posibilidades de atajos para llegar a ese estado que nombra Emily Dickinson (y cita también Martín Garzo):
Perdemos al ganar.
Y, al saberlo, tiramos
nuestros dados de nuevo
(Nada que ver con la vida a cubierto, con la incertidumbre reducida a la hora en que alguien invisible deposita los ruidos que nos harán más confortables la tarde, la mañana, algunas noches).
Pero, aún con todo, no acababa de saber porqué me parecían atajos lo que tanta gente considera una autopista hacia el bienestar e incluso hacia la atención y la escucha. Y entonces, sin pretenderlo, encontré parte de la respuesta en la introducción del libro recién publicado de Stephen Grosz: La mujer que no quería amar (extraña traducción del original The Examined Life). Allí, la cital inicial es de André Dubus II y dice:
Recibimos y perdemos, y debemos tratar de alcanzar la gratitud; y con esa gratitud, abrazar con todo el corazón lo que quede de la vida después de las pérdidas.
La diferencia con el atajo estaba ahí: en la pérdida. En lo que queda de la vida después de las pérdidas, porque la pérdida va asociada al cambio, a la transformación, al interior mismo del hecho de estar vivo. "Quiero cambiar, pero no si eso supone un cambio", me dijo una vez un paciente con toda la inocencia, escribe Grosz.
Así que cuando terminé el café y el artículo de Martín Garzo me pareció sentir que mis manos, sin yo darles la orden, agitaban los dados para tirarlos de nuevo. Ese era el hecho importante, el que convertía el mundo en un lugar algo más abierto donde lo que queda tras las pérdidas podía irradiar una suave luz.
Volví a la calle, la lluvia continuaba, el músico también. Y justo en ese momento, cuando pasé a su altura con las monedas en la mano, recogió la funda del clarinete con lo que había dentro, escurrió el agua de su interior y nos miramos a los ojos.
2 de febrero de 2014
Los ruidos suaves
Hace unos treinta años de esto.
El tren atravesaba el puente, muy alto, que había a la entrada de la ciudad. Iba muy despacio y los vagones, las maletas, los asientos, todos nosotros nos agitábamos a un ritmo regular y ruidoso. La ventanilla casi a la altura de los árboles que se veían a lo lejos. Todo parecía estar congelado por el frío del amanecer. Niebla, hielo, restos de un humo negro, volvía en pleno invierno para unas vacaciones cortas. Mi familia aguardaba en la estación y yo deseaba llegar a casa para sumergirme en el calor de la cocina y de sus voces. Cruzando el puente, aún empapado por un sueño casi imposible, construí un recuerdo en el que comienzo a escuchar un sonido de la infancia, muchos sonidos que no se pueden entender y que sobre todo ofrecen algo parecido a la confianza: todo está en su sitio.
Es una de las experiencias más silenciosas que recuerdo.
Tal vez la palabra silenciosa sea demasiado ambigua, pero sí, era el mismo silencio que nos permite descansar cuando se escucha una voz, en la otra habitación, que habla con la calma de una conversación desinteresada, tranquila. Es posible que sean las palabras de la infancia, mejor dicho, los sonidos que aún no son palabras y que nos arrullan, nos protegen y nos llevan directos hacia donde desea quien los emite. Cuidar a alguien con murmullos es uno de los secretos más difíciles de explicar. En realidad esa es la primera y casi única música: desprovista de texto, sin notas ni partitura, solo la improvisación.
Hoy encontré este fragmento del escritor John Updike:
El ser humano no puede ser dejado solo. Necesitamos otras presencias. Necesitamos los ruidos suaves de la noche -una madre hablando en el piso de abajo- Necesitamos los pequeños clics y los suspiros de una alteridad duradera. Necesitamos a los dioses.
El tren atravesaba el puente, muy alto, que había a la entrada de la ciudad. Iba muy despacio y los vagones, las maletas, los asientos, todos nosotros nos agitábamos a un ritmo regular y ruidoso. La ventanilla casi a la altura de los árboles que se veían a lo lejos. Todo parecía estar congelado por el frío del amanecer. Niebla, hielo, restos de un humo negro, volvía en pleno invierno para unas vacaciones cortas. Mi familia aguardaba en la estación y yo deseaba llegar a casa para sumergirme en el calor de la cocina y de sus voces. Cruzando el puente, aún empapado por un sueño casi imposible, construí un recuerdo en el que comienzo a escuchar un sonido de la infancia, muchos sonidos que no se pueden entender y que sobre todo ofrecen algo parecido a la confianza: todo está en su sitio.
Es una de las experiencias más silenciosas que recuerdo.
Tal vez la palabra silenciosa sea demasiado ambigua, pero sí, era el mismo silencio que nos permite descansar cuando se escucha una voz, en la otra habitación, que habla con la calma de una conversación desinteresada, tranquila. Es posible que sean las palabras de la infancia, mejor dicho, los sonidos que aún no son palabras y que nos arrullan, nos protegen y nos llevan directos hacia donde desea quien los emite. Cuidar a alguien con murmullos es uno de los secretos más difíciles de explicar. En realidad esa es la primera y casi única música: desprovista de texto, sin notas ni partitura, solo la improvisación.
Hoy encontré este fragmento del escritor John Updike:
El ser humano no puede ser dejado solo. Necesitamos otras presencias. Necesitamos los ruidos suaves de la noche -una madre hablando en el piso de abajo- Necesitamos los pequeños clics y los suspiros de una alteridad duradera. Necesitamos a los dioses.
30 de enero de 2014
Espejo de belleza
Perfección e imperfección se mantienen en constante balance. La posibilidad de la escritura, de abstraer sonidos en notas, la de una música sin música, ofrece un espacio donde se separa un discurso ideal contra la realidad instrumental. El que esta realidad sea irrepetible -de instrumentista a instrumentista y de un momento a otro- remarca la distinción entre la vida de una obra en su escritura y en su ejecución, y nos devuelve la noción de que en la música no hay originales, sólo copias. En ese sentido, el arte y oficio de los maestros consiste en mantener el equilibrio entre una vida y la otra, y que este equilibrio sea espejo de belleza.
De Historia mínima de la música en Occidente, un libro de Raúl Zambrano (maravilloso) publicado en 2013.
De Historia mínima de la música en Occidente, un libro de Raúl Zambrano (maravilloso) publicado en 2013.
28 de enero de 2014
Velar el sueño
Hace algunos años cada sábado hacia un viaje de unos cuarenta kilómetros, entre la ida y la vuelta a casa, para comprar el periódico. Era un ritual lleno de sentido porque ese día el escritor Antonio Lobo Antunes publicaba su artículo semanal. Recuerdo perfectamente la ilusión de cada ida a la ciudad para buscar aquel pequeño texto que no quería leer hasta llegar a casa.
También recuerdo que esos viajes se esfumaron cuando el artículo semanal desapareció. Y desde entonces no ha habido ningún estímulo que me llevara a hacer semejante ruta (aunque ahora pueda hacerla caminando).
Eso era así hasta que hace un par de meses apareció en El País Semanal la sección La vida a examen de Stephen Grosz, un psicoanalista del que nada sabía. En realidad esos textos semanales son pequeños capítulos de su libro The Examined Life, todavía sin traducir al español.
El capítulo de este último domingo se titula A través del silencio y es una fragmentaria y corta historia sobre el acompañamiento en el silencio. Una pequeña narración sobre los lugares que se atraviesan hasta llegar a sentirse acompañado y acogido mientras lo que existe es el silencio (casi lo contrario de lo que he visto luego de instalar el conocido WhatsApp y ver, al otro lado, imágenes y palabras inconexas, sin lenguaje, cuyo mayor sentido parece ser que salen gratis).
El silencio no sale gratis. Ni es fácil. En un momento de su artículo Grosz habla de que su paciente, preso de una gran angustia, se queda dormido durante breves períodos de tiempo en su consulta. Y concluye: conmigo se sentía seguro porque velaba su sueño.
Velar el sueño.
Velar el sueño de otro, hacer y cuidar el silencio para que el sueño venga y se acomode. Y si ese sueño se interrumpe quien lo cuida estará allí: despierto, dispuesto a enfrentarse a los miedos y a los desastres físicos que veces los ocasionan con dignidad, sin otra moral que la decisión de querer estar allí.
Ahora pienso que los silencios de Anthony expresaban diferentes sentimientos en diferentes momentos: pena, un deseo de estar cerca de mí, pero al mismo tiempo apartado, y un anhelo de detener el tiempo. Él me ha contado que aquellos silencios también resultaban curativos, que eran su oportunidad de experimentar una regresión, de sentirse cuidado. La profundidad de su silencio era una señal de la profundidad de su confianza.
Pienso en cómo es cuidar el sueño mientras las voces emocionales de quien vigila oscilan entre el miedo y la ternura. Eso es lo que ocurre cada noche en los hospitales, junto a la cama de una persona a la que se quiere. En el trajín silencioso de esas noches, velar la respiración hasta sincronizarnos con ella es una manera, como no conozco otra, de vivir a través del silencio, de sostener la vida.
Dormirse con la paz de estar vivo en la mente del otro. Los textos de Stephen Grosz son una rareza llena de conocimiento, sensibilidad y a veces dureza. Están escritos a partir de sus experiencias terapeúticas, así que narran dificultades y encrucijadas personales. Y, en mi opinión, lo mejor de todo: sin ofrecer una solución al tiempo que sin mostrar dramatismo. Sin esperanza, sin desesperanza, solo con un acercamiento profundo.
También recuerdo que esos viajes se esfumaron cuando el artículo semanal desapareció. Y desde entonces no ha habido ningún estímulo que me llevara a hacer semejante ruta (aunque ahora pueda hacerla caminando).
Eso era así hasta que hace un par de meses apareció en El País Semanal la sección La vida a examen de Stephen Grosz, un psicoanalista del que nada sabía. En realidad esos textos semanales son pequeños capítulos de su libro The Examined Life, todavía sin traducir al español.
El capítulo de este último domingo se titula A través del silencio y es una fragmentaria y corta historia sobre el acompañamiento en el silencio. Una pequeña narración sobre los lugares que se atraviesan hasta llegar a sentirse acompañado y acogido mientras lo que existe es el silencio (casi lo contrario de lo que he visto luego de instalar el conocido WhatsApp y ver, al otro lado, imágenes y palabras inconexas, sin lenguaje, cuyo mayor sentido parece ser que salen gratis).
El silencio no sale gratis. Ni es fácil. En un momento de su artículo Grosz habla de que su paciente, preso de una gran angustia, se queda dormido durante breves períodos de tiempo en su consulta. Y concluye: conmigo se sentía seguro porque velaba su sueño.
Velar el sueño.
Velar el sueño de otro, hacer y cuidar el silencio para que el sueño venga y se acomode. Y si ese sueño se interrumpe quien lo cuida estará allí: despierto, dispuesto a enfrentarse a los miedos y a los desastres físicos que veces los ocasionan con dignidad, sin otra moral que la decisión de querer estar allí.
Ahora pienso que los silencios de Anthony expresaban diferentes sentimientos en diferentes momentos: pena, un deseo de estar cerca de mí, pero al mismo tiempo apartado, y un anhelo de detener el tiempo. Él me ha contado que aquellos silencios también resultaban curativos, que eran su oportunidad de experimentar una regresión, de sentirse cuidado. La profundidad de su silencio era una señal de la profundidad de su confianza.
Pienso en cómo es cuidar el sueño mientras las voces emocionales de quien vigila oscilan entre el miedo y la ternura. Eso es lo que ocurre cada noche en los hospitales, junto a la cama de una persona a la que se quiere. En el trajín silencioso de esas noches, velar la respiración hasta sincronizarnos con ella es una manera, como no conozco otra, de vivir a través del silencio, de sostener la vida.
Dormirse con la paz de estar vivo en la mente del otro. Los textos de Stephen Grosz son una rareza llena de conocimiento, sensibilidad y a veces dureza. Están escritos a partir de sus experiencias terapeúticas, así que narran dificultades y encrucijadas personales. Y, en mi opinión, lo mejor de todo: sin ofrecer una solución al tiempo que sin mostrar dramatismo. Sin esperanza, sin desesperanza, solo con un acercamiento profundo.
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