Años más tarde, ya en aquel lugar a donde acudía a visitarlo al menos una vez al año, le escuché una frase, palabra tras palabra y sin aparente conexión con el silencio que guardábamos, que no quiero olvidar:
Sentado en la orilla, frente a aquel río. Esperando. Vi ascender despacio, muy despacio, la tristeza con la forma de la niebla.
Pienso en cuando la pronunciabas. Tú hablabas, yo te miraba. Todo estaba entregado a una acción que no tenía opciones. Hay palabras, las mismas, que a veces acompañan y a veces destruyen, es pequeña la separación. Anoto unos versos de William Carlos Williams que encontré en el periódico:
no encontré ninguna cura
más que esta flor torcida
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29 de noviembre de 2014
7 de julio de 2014
Luego de un viaje largo
Le dije que comprendía lo difícil que era volver la espalda a algo, alejarse sin envenenar el manantial. Y por primera vez en muchos meses giró la cabeza, un poco el cuerpo, y me miró. Clavó sus ojos como si acabase de escuchar lo que ya no aguardaba oir.
Los últimos días, solo a ratos parecía mantener el hilo de la conversación. Y cuando eso ocurría apenas pronunciaba un monosílabo.
Pero ahora, de pronto, parecía querer decir algo. Parecía haberse roto la fina capa que lo protegía y lo condenaba. Por aquel entonces, en un país del que ya sabía que no iba a salir, y sintiendo una voz que parecía adormecer sus sentidos, todo lo que fuera a decir tendría un sentido especial porque las ambiciones, incluso las esperanzas, se habían acabado. No habría viaje de vuelta.
Lo primero que dijo fue:
No hay esperanza
Y lo segundo fue:
Nos vamos a morir, tú también. Así que, ¿qué quieres hacer mientras tanto?, ¿por qué quieres hacerlo?, ¿haras daño a alguien?
Luego pronunció algunos sonidos que no conseguí entender. Parecía estar ascendiendo una montaña invisible y difícil. Yo tenía a mi lado un cuaderno para anotar lo que decía, pero esas líneas quedaron en blanco.
Algo después, continuó:
Si piensas en que desaparecerás, en tu muerte, en que puede no quedar nada de ti, lo que respondas a lo que te dije antes es quien lo decidirá todo. Hace tiempo creía otras cosas, tú conoces algo de lo que ambicioné, de lo que perseguí antes de que todo hubiese desaparecido. Estar aquí, fuera del mundo, frente a esta luz que siempre es invierno cambia algunas cosas. Pero tú aún tienes algo de tiempo, así que piensa bien desde donde caminas.
Al rato quiso volver a la cama. Sentí que había hecho un gran esfuerzo por seguir el hilo de aquellas palabras y por decírmelas luego de días casi en silencio. Acababa de enviar un mensaje a las profundidades que él había cavado con sus manos, con su cariño en otro tiempo.
Cuando regresé al hotel imaginé el fondo del mar, pensé en los diminutos cristales de hielo, en el encuentro de un río y el mar, en su voz cuando era joven y le gustaba ponerse una camisa blanca, en los bancos de madera debajo de los árboles frutales, en sus rodillas, en mis manos pequeñas. Pensé en el olor de su cara recién afeitada, en su pelo, en las pocas palabras que había y en lo que traían en su interior. Pensé en la despedida, en cuando todos lo buscábamos sabiendo que tardaríamos en dar con él. Y en que quería tener una respuesta para sus preguntas.
Los últimos días, solo a ratos parecía mantener el hilo de la conversación. Y cuando eso ocurría apenas pronunciaba un monosílabo.
Pero ahora, de pronto, parecía querer decir algo. Parecía haberse roto la fina capa que lo protegía y lo condenaba. Por aquel entonces, en un país del que ya sabía que no iba a salir, y sintiendo una voz que parecía adormecer sus sentidos, todo lo que fuera a decir tendría un sentido especial porque las ambiciones, incluso las esperanzas, se habían acabado. No habría viaje de vuelta.
Lo primero que dijo fue:
No hay esperanza
Y lo segundo fue:
Nos vamos a morir, tú también. Así que, ¿qué quieres hacer mientras tanto?, ¿por qué quieres hacerlo?, ¿haras daño a alguien?
Luego pronunció algunos sonidos que no conseguí entender. Parecía estar ascendiendo una montaña invisible y difícil. Yo tenía a mi lado un cuaderno para anotar lo que decía, pero esas líneas quedaron en blanco.
Algo después, continuó:
Si piensas en que desaparecerás, en tu muerte, en que puede no quedar nada de ti, lo que respondas a lo que te dije antes es quien lo decidirá todo. Hace tiempo creía otras cosas, tú conoces algo de lo que ambicioné, de lo que perseguí antes de que todo hubiese desaparecido. Estar aquí, fuera del mundo, frente a esta luz que siempre es invierno cambia algunas cosas. Pero tú aún tienes algo de tiempo, así que piensa bien desde donde caminas.
Al rato quiso volver a la cama. Sentí que había hecho un gran esfuerzo por seguir el hilo de aquellas palabras y por decírmelas luego de días casi en silencio. Acababa de enviar un mensaje a las profundidades que él había cavado con sus manos, con su cariño en otro tiempo.
Cuando regresé al hotel imaginé el fondo del mar, pensé en los diminutos cristales de hielo, en el encuentro de un río y el mar, en su voz cuando era joven y le gustaba ponerse una camisa blanca, en los bancos de madera debajo de los árboles frutales, en sus rodillas, en mis manos pequeñas. Pensé en el olor de su cara recién afeitada, en su pelo, en las pocas palabras que había y en lo que traían en su interior. Pensé en la despedida, en cuando todos lo buscábamos sabiendo que tardaríamos en dar con él. Y en que quería tener una respuesta para sus preguntas.
15 de febrero de 2014
Una sola cosa a la vez
La primera caída: tal vez una mala suerte al no calcular bien el borde de la acera. Él mismo pensó que era solo eso. Aunque cuando volvió a casa tuvo que aceptar que no sabía el tiempo que había pasado tendido en el suelo. Solía caminar todos los días para obligarse a recordar el peso de su cuerpo. Vivía solo. El resto del mundo parecía haber desaparecido.
A veces, cuando todavía llegaban sus cartas, describía uno de esos paseos. Había párrafos largos que contenían preciosas descripciones de aquello que lo hacía detenerse. En una de ellas, con un detalle como el de algunos de sus autores preferidos, describe el viento sobre los árboles que apenas pueden crecer por el viento helado, también sobre una especie de arbusto que suele crecer en esos terrenos que preceden a la taiga. Aquellos papeles llegaban arrugados y casi viejos, pero traían aún el viento que procedía del Ártico.
Unos días más tarde, al salir de la casa le parecio sentir, como la primera vez, un ligero rumor en el centro de la cabeza, algo sordo y profundo que le obligaba a girarse. Entonces perdió el equilibrio. Pasó casi una mañana hasta que una vecina, aún más mayor, lo encontró en el suelo. Lo único que recordaba era una luz cegadora mientras intentaba ponerse en pie del brazo de aquella anciana. Esa segunda vez alguien lo llevó al despacho del médico que viajaba hasta la localidad dos veces a la semana.
Después, todo ocurrió muy rápido. Pasaron muy pocos meses hasta que llegó el aviso del internamiento. En la distancia nada se sabía. Fue el primer viaje. Y fue una larga ruta. Casi dos días hasta que escribí su nombre en un papel para que la gente del internado pudiese decirme en que habitación estaba.
Empujé la puerta con suavidad, parecía dormir. Me acerqué un poco. Saqué el abrigo y permanecí de pie varios minutos. Hasta que todo mi cuerpo comenzó a aflojarse: poco a poco los músculos se destensaron, la espalda se inclinó, las piernas casi no aguantaban la columna, en algún momento parecía que no podía seguir en pie.
Me acerqué a la cama, a su cara, sin quererlo olí aquel cuerpo y me alegré de haber llegado hasta allí. Casi sin tocarlo, acaricié el pelo blanco, una mano que sobresalía de las sábanas, la propia sábana que lo tapaba hasta el cuello. No había más enfermos en la habitación, nadie nos molestaba. Y, de pronto, entreabrió los ojos.
Pasamos todo el día juntos. A cada minuto parecía mejorar. Y hacia el final de la tarde, en un rato en que se había hecho el silencio, me agarró la mano con fuerza y entendí que quería decirme algo:
Estoy aprendiendo a hacer una sola cosa a la vez. Y es un aprendizaje muy difícil. Me gustaría tener tiempo para contártelo.
Aquel no podía ser el único viaje.
A veces, cuando todavía llegaban sus cartas, describía uno de esos paseos. Había párrafos largos que contenían preciosas descripciones de aquello que lo hacía detenerse. En una de ellas, con un detalle como el de algunos de sus autores preferidos, describe el viento sobre los árboles que apenas pueden crecer por el viento helado, también sobre una especie de arbusto que suele crecer en esos terrenos que preceden a la taiga. Aquellos papeles llegaban arrugados y casi viejos, pero traían aún el viento que procedía del Ártico.
Unos días más tarde, al salir de la casa le parecio sentir, como la primera vez, un ligero rumor en el centro de la cabeza, algo sordo y profundo que le obligaba a girarse. Entonces perdió el equilibrio. Pasó casi una mañana hasta que una vecina, aún más mayor, lo encontró en el suelo. Lo único que recordaba era una luz cegadora mientras intentaba ponerse en pie del brazo de aquella anciana. Esa segunda vez alguien lo llevó al despacho del médico que viajaba hasta la localidad dos veces a la semana.
Después, todo ocurrió muy rápido. Pasaron muy pocos meses hasta que llegó el aviso del internamiento. En la distancia nada se sabía. Fue el primer viaje. Y fue una larga ruta. Casi dos días hasta que escribí su nombre en un papel para que la gente del internado pudiese decirme en que habitación estaba.
Empujé la puerta con suavidad, parecía dormir. Me acerqué un poco. Saqué el abrigo y permanecí de pie varios minutos. Hasta que todo mi cuerpo comenzó a aflojarse: poco a poco los músculos se destensaron, la espalda se inclinó, las piernas casi no aguantaban la columna, en algún momento parecía que no podía seguir en pie.
Me acerqué a la cama, a su cara, sin quererlo olí aquel cuerpo y me alegré de haber llegado hasta allí. Casi sin tocarlo, acaricié el pelo blanco, una mano que sobresalía de las sábanas, la propia sábana que lo tapaba hasta el cuello. No había más enfermos en la habitación, nadie nos molestaba. Y, de pronto, entreabrió los ojos.
Pasamos todo el día juntos. A cada minuto parecía mejorar. Y hacia el final de la tarde, en un rato en que se había hecho el silencio, me agarró la mano con fuerza y entendí que quería decirme algo:
Estoy aprendiendo a hacer una sola cosa a la vez. Y es un aprendizaje muy difícil. Me gustaría tener tiempo para contártelo.
Aquel no podía ser el único viaje.
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