Pensé que podía ser suficiente.
Y salí a escuchar como la tarde se iba apagando. Y un pequeño avión cruzó entonces el cielo, muy cerca. Ya era la hora de recoger la ropa, tal vez ya estaría seca.
Todo esto en una fracción de segundo, y cuando me miraste, seguía estando a tu lado.
Pensó que a solas podía captar el universo entero;
Pero la única voz que obtuvo por respuesta
Fue el falso eco de sí mismo
Que procedía del precipicio,
al otro lado del lago.
(un encuentro, siempre, con Robert Frost)
29 de noviembre de 2015
27 de noviembre de 2015
Los árboles de los ríos
Hay un poema maravilloso de Pia Tafdrup que se titula
La fuerza de gravedad del cielo
En las horas de un día fatigoso y largo, hubo un momento en que quise escribir:
si pudieras verme ahora
El sol se pone, un dolor momentáneo
desgarra a mi padre.
Me siento con él, le cojo la mano,
conocido y desconocido
- no se la he tenido así nunca antes.
Horas antes de leer el poema de Tafdrup pensé
¿dónde están mis iguales?
Y un poco después alguien dijo:
los árboles que crecen a las orillas de los ríos, los alisos, los abedules,
de todos ellos me siento cercano.
Descansé unos segundos en esas palabras
antes de volver a experimentar, desconcertado, la fuerza de gravedad del cielo.
La fuerza de gravedad del cielo
En las horas de un día fatigoso y largo, hubo un momento en que quise escribir:
si pudieras verme ahora
El sol se pone, un dolor momentáneo
desgarra a mi padre.
Me siento con él, le cojo la mano,
conocido y desconocido
- no se la he tenido así nunca antes.
Horas antes de leer el poema de Tafdrup pensé
¿dónde están mis iguales?
Y un poco después alguien dijo:
los árboles que crecen a las orillas de los ríos, los alisos, los abedules,
de todos ellos me siento cercano.
Descansé unos segundos en esas palabras
antes de volver a experimentar, desconcertado, la fuerza de gravedad del cielo.
14 de octubre de 2015
Algo sin fin
Yo soy parte de todo lo que he conocido
(leo en J.R. Moehringer)
¿Y si el ansia de permanecer (también) fuese un fraude (tal vez interesado)?
¿Y si formásemos parte de un proceso que nos contiene y al que contenemos por entero, que no se puede comprender y del que somos indivisibles porque las dos partes juntas se convierten en algo sin fin?
(leo en J.R. Moehringer)
¿Y si el ansia de permanecer (también) fuese un fraude (tal vez interesado)?
¿Y si formásemos parte de un proceso que nos contiene y al que contenemos por entero, que no se puede comprender y del que somos indivisibles porque las dos partes juntas se convierten en algo sin fin?
11 de octubre de 2015
Aki Kaurismaki en público: ¿el rey está desnudo?
Este tipo es Aki Kaurismaki, ¿sería mejor decir el gran Aki Kaurismaki, famoso director de cine finlandés?. Está sentado en la calle, delante de los cines Numax en Santiago de Compostela hoy sábado a la tarde, esperando que le hagan una entrevista en la radio y justo antes de un encuentro con su público en el Teatro Principal, dentro del festival de cine Curtocircuito.
Es el director de películas para mi inolvidables como Le Havre, Un hombre sin pasado o La chica de la fábrica de cerillas. Todas ellas en la memoria y en el corazón (especialmente Le Havre).
Hace unos meses supe que AK vivía a menos de cien kilómetros de aquí, en el norte de Portugal, en la raia, la frontera con Galicia. Fue una increíble e irracional alegría y hasta viajé a su pueblo para sentir como era aquel lugar que lo cobijaba. Y hoy llegó el día de conocerlo, de verlo y escucharlo.
Tras ese encuentro, primero presenciando la entrevista en Numax y luego en el Principal, me apetece decir o escribir: señor Kaurismaki, siga haciendo películas tan maravillosas, en mi caso las estaré esperando, pero, por favor, váyase a casa y cultive sus vinos, fume sus cigarros o hágase alcohólico, como usted vea, pero no aparezca en público.
Carlos Castilla del Pino lo decía muy claro: somos un sujeto con múltiples yoes. Pues bien, el yo público (al menos en grupo) de AK es, en mi opinión terrible e insultante para sensibilidades e inteligencias como las que demanda para sus películas. La actuación (no encuentro otra palabra) de hoy en Santiago me parece que no tiene sentido y que está amparada por una enorme pose de divo detrás de una aparente destrucción del propio papel de divo, un retorcimiento que tal vez solo una mente nórdica, tan lejana (y admirada) puede permitirse.
Por supuesto, la ironía, la inteligencia fina y gris como una cuchilla, la torpeza también, dan cobertura a un hombre del que se ha adueñado una timidez capaz de tumbarlo. Lo que es tremendo es como AK le ofrece cobertura pública a través del vino, la ruptura constante de los papeles de esa escenografía pública a la que, por otra parte, no renuncia, y un continuo trato esquivo, alterado y por momentos chulesco a sus interlocutores oficiales (por no decir el trato que dispensó a la traductora del acto).
Hasta ahí, la libertad de una persona para ejercer su yo público y para mostrar unas incapacidades que, quienes le conocen mejor, dicen que desaparecen en privado. Él sabrá (porque algo de ternura, cariño, sensibilidad y atención a la amistad sí que se podían leer esta tarde muy por debajo de sus gestos y palabras).
Pero lo que convirtió, en mi opinión, el encuentro de esta tarde en un acto bochornoso fue el público (del que yo formaba parte). Asistimos a una sesión en la que, básicamente, un señor (AK) dice, grita, gesticula y pronuncia de mil maneras que él, el rey, está desnudo, mientras el público aplaude a rabiar interpretando (parece) que aquello es el colmo de la inteligencia y la ironía, del saber estar en otra dimensión de la cultura oficial y de que los ropajes que lo cubren, como mínimo, están bordados con oro. Y cuantos más aplausos había más gritaba el pobre Aki sus incapacidades, y más bebía albariño, y más borde era con la traductora y más incapaz era de dialogar. Y así vuelta a empezar. Un hombre mostrando sus imposibilidades y un público entendiendo que lo que era así no podía ser así y por lo tanto había que comprender al genio nórdico que nos había concedido la indulgencia de vivir y hablar para nosotros o con nosotros. (Por mi parte no me atreví a intervenir, todo hay que decirlo).
No es la primera vez que al cruzarme con gente a la que se admira y de alguna manera se quiere, a la que uno está agradecido por lo que ha hecho, me encuentro con un yo al que le falta mucha calidad para el trato humano (cosa que no le faltaba al yo que escribía o que hacía fotos o películas).
Pero para entender esos yoes, y aceptarlos, hace falta, imagino, romper el mito y acercarse a las personas. Y, a veces, como esta tarde, responder (eso si que me hubiera gustado) con el silencio o, sencillamente, con el alejamiento.
Buena suerte Aki Kaurismaki, todos la necesitamos. Seguiré esperando sus películas. Ningún interés en presenciar más actuaciones suyas.
8 de octubre de 2015
La burbuja de las respuestas
encerrado en la burbuja de las respuestas
(le escucho decir al director de cine Mike Hoolboom hace ahora un año, cuando el mismo mundo era otro mundo)
También habló de los koan:
Un búfalo pasa su cornamenta por una ventana, también su cuerpo,
¿por qué no consigue pasar su cola?
Y preguntó:
¿Qué cola de cada uno se quedó a la entrada de esta charla?, ¿qué cola no consiguió llegar hasta aquí?
(le escucho decir al director de cine Mike Hoolboom hace ahora un año, cuando el mismo mundo era otro mundo)
También habló de los koan:
Un búfalo pasa su cornamenta por una ventana, también su cuerpo,
¿por qué no consigue pasar su cola?
Y preguntó:
¿Qué cola de cada uno se quedó a la entrada de esta charla?, ¿qué cola no consiguió llegar hasta aquí?
6 de octubre de 2015
Otro sistema solar
Ahora seguramente dormirás.
Y un sistema desconocido alimentará tu respiración y la traerá hasta ti como un pequeño y oscuro manantial de agua.
Así, mirando como el agua vuelve al fondo del pozo es como están pasando los días. A ellos es a quien intento mirar, buscando una imagen que la arena oscura, la tierra, es difícil que devuelva. Pero hay que confiar. De la extenuación al frescor: ese es el verdadero sentido de mis días, escribe Christian Bobin.
El Andantino de la sonata para piano No.20, D.959 de Schubert sigue siendo una música inolvidable, como una voz a la que uno quiere volver, sobre todo cuando hay que regresar.
Sí, todo será despacio. La voz y el agua, sobre todo.
Porque ahora, frente a la mirada, delante del cuerpo desnudo, hay un sistema solar de cosas inexplicables (esas son las palabras de Pia Tafdrup).
Así vive el pozo que tú cavaste.
Y un sistema desconocido alimentará tu respiración y la traerá hasta ti como un pequeño y oscuro manantial de agua.
Así, mirando como el agua vuelve al fondo del pozo es como están pasando los días. A ellos es a quien intento mirar, buscando una imagen que la arena oscura, la tierra, es difícil que devuelva. Pero hay que confiar. De la extenuación al frescor: ese es el verdadero sentido de mis días, escribe Christian Bobin.
El Andantino de la sonata para piano No.20, D.959 de Schubert sigue siendo una música inolvidable, como una voz a la que uno quiere volver, sobre todo cuando hay que regresar.
Sí, todo será despacio. La voz y el agua, sobre todo.
Porque ahora, frente a la mirada, delante del cuerpo desnudo, hay un sistema solar de cosas inexplicables (esas son las palabras de Pia Tafdrup).
Así vive el pozo que tú cavaste.
1 de octubre de 2015
Debería decir
Así mueren
las palabras antiguas:
como copos de nieve
que tras dudar en el aire
caen al suelo
sin un lamento.
Debería decir: callando.
(Abrí el libro de Bernardo Atxaga y esto es lo que encontré)
las palabras antiguas:
como copos de nieve
que tras dudar en el aire
caen al suelo
sin un lamento.
Debería decir: callando.
(Abrí el libro de Bernardo Atxaga y esto es lo que encontré)
21 de septiembre de 2015
Lo peor y todo lo demás
Nos encontramos en mitad del pasillo central:
Lo peor está por llegar, dijo,
(aunque todo, o algo parecido a todo, se mantenía dentro de una cierta normalidad).
Siempre sospeché que en el pasado nunca me había entendido con aquella mujer. Ahora, en el presente, volvía a sospechar que seguía sin entenderme, tal vez que no quería entender aquel lenguaje desprovisto de lo que más nos hace personas (y que no se puede nombrar).
Al poco tiempo lo peor llegó.
Todo se tambaleó porque todo se destruyó. No había vuelta atrás. Sí, aquello era lo peor.
Y pensé si aquel ser que deambulaba por los pasillos estaba teniendo, iba a tener, razón. Todo parecía haberse perdido, así que ¿en qué mundo habíamos vivido, o habíamos desperdiciado, antes de que apareciese la destrucción?
(Una tarde, recostado en una sala de espera, escuché casi la misma frase: Esto no es vida. Así que, sin saber por qué me levanté y decidí seguir esperando en la cafetería).
Lo peor llegó.
Pero me gustaría decir algo: ¿Sabes?: hay un error de bulto en tus palabras.
Un error pequeño pero gravísimo en el primer cálculo que hace que todas las operaciones que vienen después estén mal. Ningún avión volaría y todos los túneles se hundirían ante semejante trabajo. (Aunque hay que reconocerte que tienes razón, porque Mal o muy mal, eso, es Lo peor. Nadie puede negar la evidencia).
¿Cómo decir algo diferente sin negar la evidencia?, ¿sin decir que no es un asunto de verdad o mentira porque, sencillamente, ella tenía razón?
No hay solución, pero me gusta escribir que si la hubiese, estaría en la poesía. Y en la belleza. Y en el miedo. En todo eso junto. Y en todo eso girando en el círculo más frágil que se pueda imaginar.
Nada existe hasta que, por el medio que sea, lo nombramos. Y al darle el nombre adquiere unas cualidades u otras, por eso es tan importante saber cómo nombramos a lo que más queremos, y también a lo que odiamos, a lo que nos hace daño y a lo que deseamos. Los nombres, las palabras, las imágenes, sirven para identificar (es cierto) pero también para revelar a quien las está empleando. Son nuestro espejo. Nombrar dice muchas cosas de quien está nombrando.
Si se nombra, si se señala algo, eliminando de ese algo su parcela de poesía (de umbral en el que no es posible permanecer), de belleza, entonces entramos en el reino del Lo peor está por llegar. Porque es posible que quien diga eso crea, sienta, haya percibido, que la poesía, la belleza está en otro lugar (perdido). ¿Tal vez en la perfección?, ¿en la belleza de un escaparate?, ¿en lo que nos revela como seres poderosos frente a quienes no lo son? Ni idea. No compraré el mapa para viajar a ese mundo.
Me gusta pensar que en el mundo que me cobija Lo peor no está por llegar. La dureza, el dolor, el sufrimiento físico puede hacernos desaparecer, a quienes queremos y también a nosotros. Pero, mientras existimos, no puede cegarnos a algo que se parece al brillo de lo que sólo ocurre una vez, ni al inconfundible sonido de la soledad: una experiencia en la que nadie, absolutamente nadie, puede hacer algo por nosotros.
En el interior de Lo peor anida toda la atención. Toda la ternura. Las palabras jamás dichas. La piel jamás vista. Los cuidados. El aceite que huele bien. La cama vuelta a hacer. La ducha. Y el peso difícil de sostener de un cuerpo que no consigue caminar. Velar el sueño. Romper todas las comodidades. Desear el silencio. Y regresar para coger la mano y esperar. Todo lo que se ha hecho junto a todo lo que nunca se había podido hacer y ahora está ocurriendo. El río, oscuro, invernal, haciendo brillar las piedras del fondo, pulidas, ricas, solo brillantes mientras están en el interior del agua.
Dentro de Lo peor está todo. Y tal vez para que no veamos nada (todo) se nos ha enseñado cuidadosamente a identificar y separar Lo peor y Lo mejor.
He visto dos partes del documental de Yann Arthus-Bertrand titulado Human. No defenderé semejante proyecto. Pero hay algo hipnótico y reconciliador en ver y escuchar hablar a personas de cosas importantes, personas concentradas delante de un fondo negro. Aliocha. Ninguna referencia, solo individuos y lo que da sentido a su experiencia.
En los mismos días, abro poco a poco un libro como una joya llena de filos:
Los caballos de Tarkovski de la poeta danesa Pia Tafdrup. Lo abro poco a poco, porque no soporto más de dos o tres páginas, un poema o dos. (La luz a veces es cegadora y no hay protección):
Todo es completamente normal,
solo que diferente.
(...)
Todo es completamente normal,
solo que pesado como el plomo
y del color del miedo.
Lo peor está por llegar, dijo,
(aunque todo, o algo parecido a todo, se mantenía dentro de una cierta normalidad).
Siempre sospeché que en el pasado nunca me había entendido con aquella mujer. Ahora, en el presente, volvía a sospechar que seguía sin entenderme, tal vez que no quería entender aquel lenguaje desprovisto de lo que más nos hace personas (y que no se puede nombrar).
Al poco tiempo lo peor llegó.
Todo se tambaleó porque todo se destruyó. No había vuelta atrás. Sí, aquello era lo peor.
Y pensé si aquel ser que deambulaba por los pasillos estaba teniendo, iba a tener, razón. Todo parecía haberse perdido, así que ¿en qué mundo habíamos vivido, o habíamos desperdiciado, antes de que apareciese la destrucción?
(Una tarde, recostado en una sala de espera, escuché casi la misma frase: Esto no es vida. Así que, sin saber por qué me levanté y decidí seguir esperando en la cafetería).
Lo peor llegó.
Pero me gustaría decir algo: ¿Sabes?: hay un error de bulto en tus palabras.
Un error pequeño pero gravísimo en el primer cálculo que hace que todas las operaciones que vienen después estén mal. Ningún avión volaría y todos los túneles se hundirían ante semejante trabajo. (Aunque hay que reconocerte que tienes razón, porque Mal o muy mal, eso, es Lo peor. Nadie puede negar la evidencia).
¿Cómo decir algo diferente sin negar la evidencia?, ¿sin decir que no es un asunto de verdad o mentira porque, sencillamente, ella tenía razón?
No hay solución, pero me gusta escribir que si la hubiese, estaría en la poesía. Y en la belleza. Y en el miedo. En todo eso junto. Y en todo eso girando en el círculo más frágil que se pueda imaginar.
Nada existe hasta que, por el medio que sea, lo nombramos. Y al darle el nombre adquiere unas cualidades u otras, por eso es tan importante saber cómo nombramos a lo que más queremos, y también a lo que odiamos, a lo que nos hace daño y a lo que deseamos. Los nombres, las palabras, las imágenes, sirven para identificar (es cierto) pero también para revelar a quien las está empleando. Son nuestro espejo. Nombrar dice muchas cosas de quien está nombrando.
Si se nombra, si se señala algo, eliminando de ese algo su parcela de poesía (de umbral en el que no es posible permanecer), de belleza, entonces entramos en el reino del Lo peor está por llegar. Porque es posible que quien diga eso crea, sienta, haya percibido, que la poesía, la belleza está en otro lugar (perdido). ¿Tal vez en la perfección?, ¿en la belleza de un escaparate?, ¿en lo que nos revela como seres poderosos frente a quienes no lo son? Ni idea. No compraré el mapa para viajar a ese mundo.
Me gusta pensar que en el mundo que me cobija Lo peor no está por llegar. La dureza, el dolor, el sufrimiento físico puede hacernos desaparecer, a quienes queremos y también a nosotros. Pero, mientras existimos, no puede cegarnos a algo que se parece al brillo de lo que sólo ocurre una vez, ni al inconfundible sonido de la soledad: una experiencia en la que nadie, absolutamente nadie, puede hacer algo por nosotros.
En el interior de Lo peor anida toda la atención. Toda la ternura. Las palabras jamás dichas. La piel jamás vista. Los cuidados. El aceite que huele bien. La cama vuelta a hacer. La ducha. Y el peso difícil de sostener de un cuerpo que no consigue caminar. Velar el sueño. Romper todas las comodidades. Desear el silencio. Y regresar para coger la mano y esperar. Todo lo que se ha hecho junto a todo lo que nunca se había podido hacer y ahora está ocurriendo. El río, oscuro, invernal, haciendo brillar las piedras del fondo, pulidas, ricas, solo brillantes mientras están en el interior del agua.
Dentro de Lo peor está todo. Y tal vez para que no veamos nada (todo) se nos ha enseñado cuidadosamente a identificar y separar Lo peor y Lo mejor.
He visto dos partes del documental de Yann Arthus-Bertrand titulado Human. No defenderé semejante proyecto. Pero hay algo hipnótico y reconciliador en ver y escuchar hablar a personas de cosas importantes, personas concentradas delante de un fondo negro. Aliocha. Ninguna referencia, solo individuos y lo que da sentido a su experiencia.
En los mismos días, abro poco a poco un libro como una joya llena de filos:
Los caballos de Tarkovski de la poeta danesa Pia Tafdrup. Lo abro poco a poco, porque no soporto más de dos o tres páginas, un poema o dos. (La luz a veces es cegadora y no hay protección):
Todo es completamente normal,
solo que diferente.
(...)
Todo es completamente normal,
solo que pesado como el plomo
y del color del miedo.
14 de septiembre de 2015
Es la noche
Se sentó.
Supo que quería decir algo pero una especie de globo, un aire muy denso, una respiración oscura que no identificaba, ocupó el espacio que deberían ocupar las palabras. Imposible entender aquellos sonidos, ni tan siquiera los podía identificar quien buscaba pronunciarlos.
Una sola cosa, grande y profunda como el mar, recordó la canción.
Es la noche, dijo ella
É a noite
Supo que quería decir algo pero una especie de globo, un aire muy denso, una respiración oscura que no identificaba, ocupó el espacio que deberían ocupar las palabras. Imposible entender aquellos sonidos, ni tan siquiera los podía identificar quien buscaba pronunciarlos.
Una sola cosa, grande y profunda como el mar, recordó la canción.
Es la noche, dijo ella
É a noite
2 de agosto de 2015
Sin más claridad
Volver.
Regresar sin más claridad.
Ni una sola frase que explique algo. Nada que ocultar tal vez. Nada que declarar en esta frontera, cruzarla como un tramo del camino sin señales.
Estar hoy aquí.
Regresar sin más claridad.
Ni una sola frase que explique algo. Nada que ocultar tal vez. Nada que declarar en esta frontera, cruzarla como un tramo del camino sin señales.
Estar hoy aquí.
20 de febrero de 2015
Audacia, claridad y hablar con franqueza
Nos sentamos en casa, solos,
pegados al silencio
como avispas contra el cristal de la ventana.
El primer libro del año fue Conjeturas y esperanza, de John Burnside, a quien pertenecen estos versos. Fue un precioso regalo y así lo sigo leyendo.
Sé rápido cuando enciendas la luz
y podrás ver la oscuridad
es lo que decía mi padre:
Desde entonces muchas palabras, líneas enteras, permanecen calladas. O borradas. Fueron escritas al atardecer y al volver a casa no fui capaz de identificar las palabras entre las líneas de mi mano. Las dibujamos, yo también, cuando subimos, cada atardecer, a limpiar de hojas y tierra el pequeño manantial que, de manera increíble, sigue arrancando al interior de ese lugar un hilo de agua con el que regar. Otra vez más subimos a limpiar la fuente.
Hay un hombre hablando de una manera intensa y cálida, con un tono de voz en el que te entrega las palabras. Escucho una entrevista con el fotógrafo Emmet Gowin, casi cincuenta años fotografiando los mismos temas y lo escucho hablar con la fuerza que ofrece la sorpresa. Nada está perdido parece decir:
Cuando nos conocimos, no teníamos ninguna idea acerca de la vida
(dice del encuentro con su mujer, cincuenta y cinco años juntos)
ó
Están en la noche, me gustan porque salen de la oscuridad
(hablando de algunos insectos).
Ayer leí una noticia muy triste:
Oliver Sacks se despide en una carta en The New York Times, porque sabe que apenas le quedan semanas de vida. Tiene ochenta y un años.
Ayer también pasaron más cosas, algunas ni sabría nombrarlas, simplemente sé que pasaron sobre mi. A mi lado su libro Alucinaciones. Cerca, algunos otros. Pienso en como habla en ellos de la adaptación que hay tras la enfermedad, en la readaptación del cuerpo, del cerebro, de la manera de entender y de no entender el mundo.
Siento agradecimiento hacia Oliver Sacks.
¿Cómo se puede sentir ese cariño y agradecimiento hacia alguien desconocido por completo y lejano en casi todo? Leyendo El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Un antropólogo en Marte, tuve la sensación de bucear en unas aguas turbias, de un verde profundo, inundadas de una vegetación que se mecía a los vaivenes del agua. Nadaba en un lugar empeñado en no mostrarse abiertamente, al tiempo que no te dejaba escapar. Un paciente tras otro, una manera tras otra de entender y vivir la enfermedad, la compasión, la cercanía, la normalidad en los episodios más brutales y anormales. Y en cada página sentí el empuje suficiente para seguir, para no abandonar, casi como un cuerpo que desde cerca te indica por donde continuar.
Me encuentro intensamente vivo y quiero y espero que el tiempo que me quede por vivir me permita profundizar mis amistades, despedirme de aquellos a los que quiero, escribir más, viajar si tengo la fuerza suficiente, alcanzar nuevos niveles de conocimiento y comprensión. Esto incluirá audacia, claridad y hablar con franqueza; trataré de ajustar mis cuentas con el mundo. Pero también tendré tiempo para divertirme (incluso para hacer alguna estupidez).
Es parte de su carta publicada en el periódico.
Y esos son los temas de sus libros.
Como seguir vivos mientras salimos de la oscuridad, la misma que hace brillar unas líneas de luz tan finas que parecen insectos.
pegados al silencio
como avispas contra el cristal de la ventana.
El primer libro del año fue Conjeturas y esperanza, de John Burnside, a quien pertenecen estos versos. Fue un precioso regalo y así lo sigo leyendo.
Sé rápido cuando enciendas la luz
y podrás ver la oscuridad
es lo que decía mi padre:
Desde entonces muchas palabras, líneas enteras, permanecen calladas. O borradas. Fueron escritas al atardecer y al volver a casa no fui capaz de identificar las palabras entre las líneas de mi mano. Las dibujamos, yo también, cuando subimos, cada atardecer, a limpiar de hojas y tierra el pequeño manantial que, de manera increíble, sigue arrancando al interior de ese lugar un hilo de agua con el que regar. Otra vez más subimos a limpiar la fuente.
Hay un hombre hablando de una manera intensa y cálida, con un tono de voz en el que te entrega las palabras. Escucho una entrevista con el fotógrafo Emmet Gowin, casi cincuenta años fotografiando los mismos temas y lo escucho hablar con la fuerza que ofrece la sorpresa. Nada está perdido parece decir:
Cuando nos conocimos, no teníamos ninguna idea acerca de la vida
(dice del encuentro con su mujer, cincuenta y cinco años juntos)
ó
Están en la noche, me gustan porque salen de la oscuridad
(hablando de algunos insectos).
Ayer leí una noticia muy triste:
Oliver Sacks se despide en una carta en The New York Times, porque sabe que apenas le quedan semanas de vida. Tiene ochenta y un años.
Ayer también pasaron más cosas, algunas ni sabría nombrarlas, simplemente sé que pasaron sobre mi. A mi lado su libro Alucinaciones. Cerca, algunos otros. Pienso en como habla en ellos de la adaptación que hay tras la enfermedad, en la readaptación del cuerpo, del cerebro, de la manera de entender y de no entender el mundo.
Siento agradecimiento hacia Oliver Sacks.
¿Cómo se puede sentir ese cariño y agradecimiento hacia alguien desconocido por completo y lejano en casi todo? Leyendo El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Un antropólogo en Marte, tuve la sensación de bucear en unas aguas turbias, de un verde profundo, inundadas de una vegetación que se mecía a los vaivenes del agua. Nadaba en un lugar empeñado en no mostrarse abiertamente, al tiempo que no te dejaba escapar. Un paciente tras otro, una manera tras otra de entender y vivir la enfermedad, la compasión, la cercanía, la normalidad en los episodios más brutales y anormales. Y en cada página sentí el empuje suficiente para seguir, para no abandonar, casi como un cuerpo que desde cerca te indica por donde continuar.
Me encuentro intensamente vivo y quiero y espero que el tiempo que me quede por vivir me permita profundizar mis amistades, despedirme de aquellos a los que quiero, escribir más, viajar si tengo la fuerza suficiente, alcanzar nuevos niveles de conocimiento y comprensión. Esto incluirá audacia, claridad y hablar con franqueza; trataré de ajustar mis cuentas con el mundo. Pero también tendré tiempo para divertirme (incluso para hacer alguna estupidez).
Es parte de su carta publicada en el periódico.
Y esos son los temas de sus libros.
Como seguir vivos mientras salimos de la oscuridad, la misma que hace brillar unas líneas de luz tan finas que parecen insectos.
31 de diciembre de 2014
Dime
Aunque en verdad no puedo imaginar qué; la realidad se ha colocado
por sí misma con tal solidez ante mí
que hay poca necesidad de misterio... excepto en nosotros, en cómo
tomamos el mundo
y lo ensanchamos, más de lo que somos, más incluso de lo que es.
Anoto el final de un poema de C.K. Williams.
Y al instante me vienen las ganas de preguntarte cómo se hace eso, cómo ensanchamos el mundo más de lo que somos, más de lo que es la presencia y la duración de cada noche y cada día, cada uno de los lugares de la memoria y la certeza de la ausencia. Para asegurarnos que sabemos algo del aire que respiramos.
Dime como se hace, como hay que disponer la fuerza, las herramientas, la luz, para que algo del metal oscuro se desprenda de la pared y lo podamos sacar al exterior para, lo primero de todo, admirar su brillo y una frialdad que parece propia de lo salvaje.
Y luego charlar, hasta que se haga de noche, de todo eso. Y ensanchar el trabajo, el mineral, la roca, todo, durante días y noches interminables.
por sí misma con tal solidez ante mí
que hay poca necesidad de misterio... excepto en nosotros, en cómo
tomamos el mundo
y lo ensanchamos, más de lo que somos, más incluso de lo que es.
Anoto el final de un poema de C.K. Williams.
Y al instante me vienen las ganas de preguntarte cómo se hace eso, cómo ensanchamos el mundo más de lo que somos, más de lo que es la presencia y la duración de cada noche y cada día, cada uno de los lugares de la memoria y la certeza de la ausencia. Para asegurarnos que sabemos algo del aire que respiramos.
Dime como se hace, como hay que disponer la fuerza, las herramientas, la luz, para que algo del metal oscuro se desprenda de la pared y lo podamos sacar al exterior para, lo primero de todo, admirar su brillo y una frialdad que parece propia de lo salvaje.
Y luego charlar, hasta que se haga de noche, de todo eso. Y ensanchar el trabajo, el mineral, la roca, todo, durante días y noches interminables.
27 de diciembre de 2014
Una enorme e inolvidable lección
Había un espacio grande y vacío. Un sonido constante y sordo de fondo. El circuito de la calefacción se parecía al ruido sucio de una galaxia lejana. La ausencia que circulaba entre las sillas contrastaba con las estrellas dibujadas en los grandes ventanales. Nadie. Y había un peligro inminente, constante también, del que no se conseguía hablar. Había que esperar. No se podía hacer nada frente a aquel espacio que no alcanzaba su objetivo de ser cercano. Allá abajo, tras los cristales, alguien se afanaba en sus cosas hasta transformarse en una mancha diminuta que cruzaba entre las estrellas y luego desaparecia. Y en ese lugar, recibí una de las mayores lecciones de dignidad y de atención, una enorme e inolvidable lección de agradecimiento a pesar del silencio sucio que suele producir el miedo. Una lección que solo se puede ofrecer cuando lo único que se pretende es vivir. Una enseñanza que se puede apreciar si es observada desde muy cerca: el ejemplo del combate leal y sin dramatismos. Una estrella callada viajando hacia su galaxia. A través de todos los sonidos, de todas las voces, porque todas son ella misma y en ellas aprende a reconocerse.
24 de diciembre de 2014
"Un ser viviente se dirige a otro ser viviente en el secreto de vivir"
Si se dejan de lado los intercambios puramente profesionales o administrativos, casi siempre se escribe acerca del amor, o por amor, se trate de amor pasión o de amistad, de familia o de vacaciones, sea profundo o superficial, leve o grave. Escribo para decirte que te amo, o que pienso en ti, que me alegro, sí, por ser tu contemporáneo, por habitar el mismo mundo, el mismo tiempo, por estar separado de ti sólo por el espacio y no por el corazón, no por el pensamiento, no por la muerte. Partir es morir un poco. Escribir es vivir más.
(Comte-Sponville)
La línea de la precisión, la que solo conoce el que la dibuja.
Al inicio, justo cuando hay muchas cosas en juego, cuando una pequeña diferencia apenas se nota, cuando en realidad uno apenas tiene noción de que esa desviación convierte cada paso en una separación de lo que no se ve pero existe. Y luego, más adelante, cuando ya se aprecia la distancia entre las dos huellas, entre los miles de restos, cuando se intenta mirar a ambos lados y solo se percibe el mar de fondo subiendo a la superficie. Lejos ya. Con toda la soledad inevitable y comenzando a rumiar cómo fue el inicio y cómo se instaló el espacio por entre las manos.
(Comte-Sponville)
La línea de la precisión, la que solo conoce el que la dibuja.
Al inicio, justo cuando hay muchas cosas en juego, cuando una pequeña diferencia apenas se nota, cuando en realidad uno apenas tiene noción de que esa desviación convierte cada paso en una separación de lo que no se ve pero existe. Y luego, más adelante, cuando ya se aprecia la distancia entre las dos huellas, entre los miles de restos, cuando se intenta mirar a ambos lados y solo se percibe el mar de fondo subiendo a la superficie. Lejos ya. Con toda la soledad inevitable y comenzando a rumiar cómo fue el inicio y cómo se instaló el espacio por entre las manos.
18 de diciembre de 2014
La soledad
Por momentos todos los niveles del tiempo, el vivido, el imaginado, el soñado parecen confluir en un breve instante, fragmentos de un segundo, en el que hay que dar una respuesta precisa y también eficaz. Como si todo se viviese, se trabajase, se reflexionase para saber estar en esa milésima de segundo. Como una vida de trabajo, de entrenamiento, para saber ejecutar un solo golpe certero. Uno, no varios (recuerdo el inicio de la película de Zatoichi). Vivir, pensar, sentir, escuchar para saber estar a la altura de ese instante (cuyo listón, además, situa cada uno).
Si llegado ese instante uno no está, de puertas afuera la diferencia será pequeña, incluso inapreciable para el gran público (o para algunos cercanos). Pero hacia dentro la diferencia puede ser un verdadero abismo. A veces ese instante nunca llega. Entonces, habrá quien argumente: ¿tanto, durante tanto tiempo, para tan poco? Un paso más allá está el conocido qué más da. (Pero también podría ser que ese instante, la punta de la flecha, llegue todos los días).
Esa experiencia, la de la precisión en las líneas de una piedra diminuta a partir de la forma de una montaña, está (creo) directamente relacionada con la soledad. Porque es la experiencia de asumir que nadie más puede hacer algo por nosotros. Por eso siempre vivimos solos. La soledad es la regla. Nadie puede vivir por nosotros, ni morir por nosotros, ni sufrir o amar por nosotros, escribe Comte-Sponville. La soledad es identificar, admirar, cuidar toda la montaña, porque ella sola dejará a la vista unas maravillosas piedras diminutas (o no tan maravillosas, pero muy reales).
Y, como dice Comte-Sponville, esta soledad nada tiene que ver con el aislamiento. Es algo mucho más rico, profundo, difícil de encontrar. Escuché en una conversación que Comte-Sponville era un cenizo (imagino que por su concepto de desesperanza). Merecería la pena acercarse a ver la forma de una montaña en alguien que hace esa apreciación. Me gustaría ver si en ella se aprecia el paso del tiempo, la forma orgánica, redondeada de la tierra, la huella de los fósiles, el paso de los animales. O si todo lo que hay en ella, es, tal vez, la falta de soledad. La fealdad de no poder convivir con uno mismo.
La vida va en serio, escribió Gil de Biedma hace años (y creo recordar que ya he copiado aquí). He intentado no olvidar nunca esos versos.
A veces, habría que sentarse en el camino, cerrar los ojos y descansar en un paraje cualquiera, no especialmente bello. Por el puro placer de detenerse. Y, si alguien interrumpe ese descanso, salvo si es un niño, desenvainar con rapidez y precisión la espada y ejecutar el movimiento para el que uno se ha entrenado toda la vida. A veces ese filo también debería de poder segar las palabras, las dichas y en ocasiones las nunca pronunciadas.
Si llegado ese instante uno no está, de puertas afuera la diferencia será pequeña, incluso inapreciable para el gran público (o para algunos cercanos). Pero hacia dentro la diferencia puede ser un verdadero abismo. A veces ese instante nunca llega. Entonces, habrá quien argumente: ¿tanto, durante tanto tiempo, para tan poco? Un paso más allá está el conocido qué más da. (Pero también podría ser que ese instante, la punta de la flecha, llegue todos los días).
Esa experiencia, la de la precisión en las líneas de una piedra diminuta a partir de la forma de una montaña, está (creo) directamente relacionada con la soledad. Porque es la experiencia de asumir que nadie más puede hacer algo por nosotros. Por eso siempre vivimos solos. La soledad es la regla. Nadie puede vivir por nosotros, ni morir por nosotros, ni sufrir o amar por nosotros, escribe Comte-Sponville. La soledad es identificar, admirar, cuidar toda la montaña, porque ella sola dejará a la vista unas maravillosas piedras diminutas (o no tan maravillosas, pero muy reales).
Y, como dice Comte-Sponville, esta soledad nada tiene que ver con el aislamiento. Es algo mucho más rico, profundo, difícil de encontrar. Escuché en una conversación que Comte-Sponville era un cenizo (imagino que por su concepto de desesperanza). Merecería la pena acercarse a ver la forma de una montaña en alguien que hace esa apreciación. Me gustaría ver si en ella se aprecia el paso del tiempo, la forma orgánica, redondeada de la tierra, la huella de los fósiles, el paso de los animales. O si todo lo que hay en ella, es, tal vez, la falta de soledad. La fealdad de no poder convivir con uno mismo.
La vida va en serio, escribió Gil de Biedma hace años (y creo recordar que ya he copiado aquí). He intentado no olvidar nunca esos versos.
A veces, habría que sentarse en el camino, cerrar los ojos y descansar en un paraje cualquiera, no especialmente bello. Por el puro placer de detenerse. Y, si alguien interrumpe ese descanso, salvo si es un niño, desenvainar con rapidez y precisión la espada y ejecutar el movimiento para el que uno se ha entrenado toda la vida. A veces ese filo también debería de poder segar las palabras, las dichas y en ocasiones las nunca pronunciadas.
16 de diciembre de 2014
Otra vez
No se espera más que lo que no depende de nosotros y no se quiere más que lo que sí depende de nosotros. Trata de tener la esperanza de caminar... ¡Eso jamás ha hecho que nadie se moviera! Por lo demás, ¿quién habría de tener la esperanza de caminar excepto el paralítico? Nadie espera aquello de lo que sabe que es capaz, y eso dice mucho al respecto sobre la esperanza. "No es más que impotencia del alma", decía Spinoza, y ése era el espíritu del estoicismo, espíritu aún vivo. "Cuando hayas desaprendido a esperar -venía a decir Séneca- , yo te enseñaré a querer..." Y es cierto que ambas cosas van juntas: se espera tanto más cuanto menos capaz se es de ación, y se espera tanto menos cuanto más se sabe actuar.
La pequeña botella de Sake se terminó. Leo a Comte-Sponville y copio aquí este fragmento.
La pequeña botella de Sake se terminó. Leo a Comte-Sponville y copio aquí este fragmento.
4 de diciembre de 2014
Fértiles, desérticas
Vino hasta mi de manera imprevista. Llegó y lo atravesó todo. Unos segundos después no consigo recordar casi nada. Solo que dijo algo con palabras que no logré comprender, imposibles de entender en realidad. Otra lengua, un idioma que no es de ningún país. Me rozó y desapareció. Dentro, cerca del agujero por el que el nervio se comunica con lo que está fuera. El bosque. Un buen lugar para hacer un nido, pensé. Tal vez algún día, dijo. Todo sonidos difíciles de conectar. Ahora, es posible que sepa algo más. La memoria.
De pronto: no es la primera vez. Algo de esto ya lo he conocido. Por ejemplo, una mañana, mientras desayunábamos apenas separados de la niebla, todo lo que podía emitir calor estaba encendido, aún casi dormidos, la vida por delante, escuché su voz al fondo del pasillo, antes de ver a quien pertenecía.
Lo que no pertenece a ningún país se reconoce bastante rápido. Es de una tierra extranjera, cercana, son las tierras altas o las que mezclan el río con el mar, las que juegan a un sutil intercambio de sal y pasan de tierras fértiles a desérticas, tal vez en unas horas.
Lo guardo casi todo. También esto. Los papeles que indican las rutas por las que tal vez se podría regresar. La memoria. Sin presente.
El intercambio de la sal.
De pronto: no es la primera vez. Algo de esto ya lo he conocido. Por ejemplo, una mañana, mientras desayunábamos apenas separados de la niebla, todo lo que podía emitir calor estaba encendido, aún casi dormidos, la vida por delante, escuché su voz al fondo del pasillo, antes de ver a quien pertenecía.
Lo que no pertenece a ningún país se reconoce bastante rápido. Es de una tierra extranjera, cercana, son las tierras altas o las que mezclan el río con el mar, las que juegan a un sutil intercambio de sal y pasan de tierras fértiles a desérticas, tal vez en unas horas.
Lo guardo casi todo. También esto. Los papeles que indican las rutas por las que tal vez se podría regresar. La memoria. Sin presente.
El intercambio de la sal.
1 de diciembre de 2014
Danzando en la penumbra
Naoko tomó asiento a mi lado y apoyó su cuerpo contra el mío. Al rodearla con mi brazo, reclinó la cabeza en mi hombro y rozó mi cuello con la punta de su nariz. Permaneció inmóvil en esta posición como si estuviera tomándome la temperatura. Abrazado a Naoko, sentí cómo se me caldeaba el corazón. Poco después, se levantó sin decir palabra, abrió la puerta y se marchó tan sigilosamente como había llegado. Al poco me adormilé en el sofá. Arropado por la presencia de Naoko, caí en un sueño mucho más profundo que los que había tenido en años. En la cocina estaba la vajilla que usaba Naoko; en el baño, el cepillo de dientes que usaba Naoko; en el dormitorio, la cama donde dormía Naoko. En aquella casa impregnada de su presencia, dormí profundamente, exprimiendo, gota a gota, toda la fatiga acumulada en cada una de mis células. Soñé que era una mariposa danzando en la penumbra.
Tokio blues, Haruki Murakamik
Tokio blues, Haruki Murakamik
29 de noviembre de 2014
No encontré
Años más tarde, ya en aquel lugar a donde acudía a visitarlo al menos una vez al año, le escuché una frase, palabra tras palabra y sin aparente conexión con el silencio que guardábamos, que no quiero olvidar:
Sentado en la orilla, frente a aquel río. Esperando. Vi ascender despacio, muy despacio, la tristeza con la forma de la niebla.
Pienso en cuando la pronunciabas. Tú hablabas, yo te miraba. Todo estaba entregado a una acción que no tenía opciones. Hay palabras, las mismas, que a veces acompañan y a veces destruyen, es pequeña la separación. Anoto unos versos de William Carlos Williams que encontré en el periódico:
no encontré ninguna cura
más que esta flor torcida
Sentado en la orilla, frente a aquel río. Esperando. Vi ascender despacio, muy despacio, la tristeza con la forma de la niebla.
Pienso en cuando la pronunciabas. Tú hablabas, yo te miraba. Todo estaba entregado a una acción que no tenía opciones. Hay palabras, las mismas, que a veces acompañan y a veces destruyen, es pequeña la separación. Anoto unos versos de William Carlos Williams que encontré en el periódico:
no encontré ninguna cura
más que esta flor torcida
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